Ley Organica de Regimen Electoral General. La reforma.

Desde A Coruña, para quien encuentre mis palabras perdidas en el mar de letras de la Red de Redes.

He tenido la suerte, luego de vivir en la niñez una pequeña parte de la dictadura, de disfrutar de los tiempos y circunstancias que nos ha triado la democracia. A lo largo de los años he tenido, como muchos españoles, la oportunidad de ver la evolución de la legislación que, asentada sobre la base de la constitución, ha ido cambiando con mas o menos acierto. Soy pues uno de tantos testigos, de la evolución de la democracia hasta el momento actual.

Uno de los temas que me ha preocupado seriamente a lo largo de los años, ha sido el terrorismo. La actitud de los partidos políticos y la prensa respecto al modo de afrontar esta lacra social no ha sido siempre todo lo ejemplar que fuera de desear antes, durante y después del debate político al respecto; Antes, durante y después de los fallidos intentos de dialogar con ETA.

El objetivo de detener esta lacra y alcanzar una paz social duradera, sin lagunas, sin excepciones ha sido sin duda el deseo de la mayoría de los partidos y los medios pero, como en otras materias igualmente importantes ha ocurrido, a veces los intereses de partido o de empresa a corto plazo han podido más que la cordura y los deseos de alcanzar la meta. La unidad en los aspectos más básicos ha sido una meta a menudo esquiva y poco duradera...

Creo que las décadas transcurridas, la experiencia adquirida, las lágrimas y manos blancas compartidas en casos como el del secuestro de Miguel Ángel Blanco y otros muchos que sería tan largo como doloroso nombrar, no dejan lugar a más ambigüedades, a más juego político o intereses partidistas o empresariales en el debate en las cámaras y en los medios.

Es momento del siguiente paso importante, necesario y de calado en el blindaje de la legislación electoral. No hay lugar a prisas, no hay espacio ni paciencia ciudadana para más precipitaciones o ambigüedades. El debate debe ser reposado, firme, sin fisuras, todos han de verse obligados a declarar sin ambigüedades con quien están, con la muerte o con la vida.

Quien desde los partidos, las instituciones, los medios o la ciudadanía no guarde esta lealtad al estado y la democracia ha de tener en cuenta que los españoles y la historia le han de pasarle factura que tal vez sea de largo pago en votos y años de descrédito. No es tiempo de dimes y dirétes, no es una cuestión banal y la paciencia de los ciudadanos está tan baja por estos y otros factores como lo está su valoración de los políticos.

La prensa ya no es espacio adecuado para más batallas banales o partidistas en este tema. La paciencia debe vencer a la poco adecuada actitud de ejercer presión mediática durante el debate. Se impone la necesidad de un prudente tiempo de espera.

¿Seremos capaces de dárselo a nuestros representantes demostrando la madurez ciudadana y mediática que se requiere? ¿Serán capaces nuestros representantes en las cámaras de estar a la altura que se requiere?¿Serán los medios capaces de guardar tiempo de espera y prudente silencio para que ejerzan su labor sin presiones? No será sin tiempo.

Se requiere el valor, la entereza y la firmeza de convicciones democráticas de toda la ciudadanía sin excepción.

La ciudadanía, los políticos, los medios fueron capaces una vez, durante y después del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Aquí y ahora es tiempo de hacer honor a ese recuerdo, a esa actitud y sacar lo mejor de nosotros mismos.

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