Dos. Un juego con palabras.

La gran riqueza de la humanidad, el conocimiento, crece en cualquier lugar y tiempo, a menudo alejado de los caminos de la felicidad y la cordura...

Las hermanas eternamente enemistadas, lúcidas novias de la muerte, que crece sin pausa en las entrañas de la vida, no cesan en sus hambrientas batallas por quién ha de consumir los segundos que se desvanecen en el vacío. Ellas, a las que en nuestra locura llamamos alternativamente vida, mientras nos devoran en reñida alternancia en la noche desvelada de nuestras ansias, mientras soñamos que somos luz, la del fuego que nos consume. Ellas somos.

Corre o camina pausada la aguja tras sus propios pasos en las fronteras de nuestra locura circular, sin detenerse jamás, mientras las velas apenas despejan la oscuridad del negativo de nuestro imaginario.

Esperamos en la profundidad del sueño que al amanecer, que nunca ha de ser, los números primos rompan su silencio y, en lugar de ser, soñamos que somos...

Tal vez nuestro estado es un dos imposible, el rey inhumano de los números primos, el par imposible, el que jamás nace de la suma, pues a fin de cuentas, dos somos.

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